
Describiendo una fotografía,
veo un toro bravo y a un torero,
un capote rosa y amarillo; veo puñales,
veo sangre, veo espadas, veo arena.
El capote cual falda gitana,
en su lance se despliega y satura.
Veo el baile de una fiera,
para un bruto coliseo.
Veo al toro, de negro terciopelo,
arremeter contra el torero.
Un matador y una bestia
luchando en iguales condiciones.
Embistiendo el animal, se tensa
y se presenta vistoso, como si supiera
que el fin estético del juego es
razón de ser y motivo del toreo.
Veo banderillas clavadas en el lomo,
y veo sangre roja, casi negra, a borbotones,
que caliente y presurosa
forma un cráter en la arena.
Picado, agotado, desangrado,
casi muerto, insiste en defenderse,
en abrirle el matador una
doña herida de muerte.
La muleta se detiene, aguarda
el momento y se contiene.
Se va cerrando el bárbaro destino
de venta al público en oferta.
Mientras la faena se completa,
veo al toro solitario en los campos de Tudela,
digno, torpe y encriptado,
bajo el mismo sol, sobre otra arena.
En la suerte final de la lidia a pie
espero la estocada de muerte al corazón,
viendo al toro derrotado, liberado,
cayendo sobre la arena como una piedra
y redimiendo mil razones.
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