Julio César sabe que lo van a asesinar,
fue informado hace dos días
por un ciego y su mujer.
Pero su destino está sellado,
y para la desgracia del Imperio
marcha sin temor hacia el Senado.
Sabe de los puñales, de los traidores,
de Bruto, de Cayo y demás conspiradores
que planearon el acto de muerte
del dictador en marzo del 44 AC.
El elegido mira el puñal, lo encierra
torpemente en una funda de cuero crudo
y sale a la calle a cumplir con su papel
ofreciendo a Baco el parricidio.
Las campanas suenan a las doce
y un cuervo lanza un ronco graznido
mientras el acero penetra en la carne veintitrés veces.
A los pies de la estatua de Pompeyo
culmina una era, se cierra el círculo.
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