miércoles, 5 de septiembre de 2012

David


Miro el gimnasio desde el auto, pienso, llegó un folleto a casa, 110 pesos por mes, de 8 a 10 abierto, me sirve. Bajo del auto, subo la escalera, olor a cuerpo, a humedad, a jogging transpirado. Llegó al final de la escalera al infierno, ahí está David, el dueño, el encargado, el personal trainer, lo que Dios quiera. Me da la mano, me aprieta fuerte, me recibe, sonríe, su brazo del tamaño de mi pierna. Yo ahí, un pequeño alfenique, gordito, blanco, fofo, años de oficina encima, encorvado como un junco. Me dice 'flaco, acá todo es personalizado, como en ningún otro gimnasio’. Dudo, miro, me miran los demás. Hay miles de gimnasios más caros, mejores, donde van los famosos de la tele. Donde va el boludo de Tinelli. El gimnasio de mi barrio no puede ser el mejor, nunca jamás. El drama del gimnasio es quedar como el profesor.

No hay comentarios: