Miro el gimnasio desde el auto, pienso, llegó un folleto
a casa, 110 pesos por mes, de 8 a 10 abierto, me sirve. Bajo del auto, subo la
escalera, olor a cuerpo, a humedad, a jogging transpirado. Llegó al final de la
escalera al infierno, ahí está David, el dueño, el encargado, el personal
trainer, lo que Dios quiera. Me da la mano, me aprieta fuerte, me recibe,
sonríe, su brazo del tamaño de mi pierna. Yo ahí, un pequeño alfenique, gordito,
blanco, fofo, años de oficina encima, encorvado como un junco. Me dice 'flaco,
acá todo es personalizado, como en ningún otro gimnasio’. Dudo, miro,
me miran los demás. Hay miles de gimnasios más caros, mejores, donde van los
famosos de la tele. Donde va el boludo de Tinelli. El gimnasio de mi barrio no
puede ser el mejor, nunca jamás. El drama del gimnasio es quedar como el
profesor.
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