lunes, 1 de octubre de 2007


Los horrores de la guerra.

Yacen otros hombres tendidos en el suelo
sobre ríos de sangre propia y ajena
bajo la noche despejada del funesto 1808
en la colina del Príncipe Pío, otra Gólgota más.

El patriota es moreno y con los brazos
en alto y con estigmas en las manos
ruega clemencia como un cristo madrileño
pero sabemos que no la habrá.

El destino obstinado no se desdice
y cumple funestamente su triste papel de juez y parte
cuando de morir injustamente se trata.
Morir en sí es injusto.

En el centro de la obra, los que esperan la ráfaga
de plomo destrozarles el pecho como una calabaza
se tapan el rostro con las manos y ocultan el horror.
Si no lo ven no existe; la eterna paradoja.

Pero para ellos habrá gloria seis años después
en el lienzo que contemplo
y que es un pequeño Cielo
y el artista cierto Dios.

Detrás de las colinas, en la catedral sombría e inútil
resuenan los disparos de la infantería francesa
gatillando una y otra vez
hasta que amanezca el 4 de mayo.

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